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PARACELSO

 

A María de la Humildad Casado, que me enseñó el Camino y se quedó en él.

 

Muchos lustros transcurrieron y Paracelso seguía sin resolver el Misterio de la Rosa. Había consumido largo tiempo entre matraces, retortas, alambiques y atanores, tratando de descifrar, recrear y sumergirse en su inquietante Universo. Todo inútil. La búsqueda le produjo sólo desazones. Los senderos hasta entonces recorridos, se bifurcaban hacia ninguna parte y los anaqueles de su lóbrego laboratorio rebosaban de polvorientos becerros garabateados. Tan complejos como inservibles.

Sin embargo, aquel día fue distinto a los demás. Al amanecer, Paracelso abrió la ventana de su alcoba y, conmovido por la palpitación de la incipiente Primavera, se adentró en el Páramo.

Andaba el solitario paseante ensimismado en sus ensoñaciones y sus pasos habían alcanzado la justa cadencia por la que el camino deviene en Camino. De pronto, una espesa zarza se interpuso en su trayecto.
Paracelso apartó como pudo los lacerantes espinos y la traspuso. Frente a él y como surgida de otro universo se erguía Ella. Era hermosa, inquietante y roja.

Era la Rosa.

De repente, años y años de insípida aridez; de estéril y desconsoladora búsqueda, dieron paso al entusiasmo y el inquieto alquimista creyó haber encontrado la Bondad, la Belleza y la Verdad al otro lado del velo y con ellas la placidez del hallazgo por largo tiempo ensoñado. Desde el día de su descubrimiento, Paracelso atravesaba repetidamente el ecuador de la zarza. Atrás quedaba la Razón con sus relaciones lógicas de causa efecto; sus hipótesis y deducciones.

Pero el gustador de belleza contemplaba la Rosa sin atreverse a tocarla. Trataba, temeroso, de comprenderla a distancia. Pronto, sin embargo, diose cuenta que el abismo no desvela su secreto sino a los que se arrojan a él.

Al fin, su avidez alquímica pudo más que sus temores y le llevó a penetrar el insondable ámbito. Allí, tras percibir el primer y envolvente vértigo, descubrió que el enigma, lejos de resolverse, mostraba la inmensidad arborescente de sus paradojas; la laberíntica complejidad de sus pétalos, sólo mitigada por la placentera embriaguez del esbelto cáliz. Tampoco el lacerante dolor que producían sus espinas, descifraba el ambiguo y délfico lenguaje, sino que descubría nuevas y vertiginosas simas.

En esta extraña situación, inquietante mixtura de excelsa quietud y eufórico desasosiego, Paracelso volvió una y otra vez al Páramo, hasta que su creciente ansiedad le anuló el entendimiento y la espesa niebla, que a veces se enseñoreaba de la vasta planicie, se adueñó a la par de su mente, convirtiéndole en articulado apéndice de la Rosa.

Fue allí, al borde del Tercer Abismo, cuando reaccionó su instinto de conservación y, poco a poco, resignándose a su condición de simple mortal, abandonó la morada de los dioses.

Desde entonces Paracelso no volvió ya al Páramo y ensimismado de nuevo entre los matraces de su oscuro laboratorio, le encontró aquel ingenuo aspirante a discípulo, que para conseguir del sabio que le mostrase el Camino, invocó el Nombre de la Rosa.

 

José L. Terrón Ponce

 

 

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